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jueves, 15 de junio de 2017

Ahora que lo pienso, qué duro ha sido este invierno ¿verdad? Las largas horas a solas, la eterna espera de todo aquello que no llega y, aun así, esperas. El deseo inalcanzable de lo que nunca fue posible. La melancolía. La nostalgia. El agudo dolor cuando lo más frágil se rompe. La caída. Aquel oscuro abismo. Las frías lágrimas que no calentaban el alma. La lluvia en el corazón. Los sueños que se desvanecían cada mañana. Y millones de recuerdos que querían salir, pero no los dejaba. Sí, qué duro ha sido este invierno. Pero, ¿sabes qué? Que el verano ya ha llegado, y qué bien sienta el calor en el cuerpo, la suave brisa tardía como una ráfaga de esperanza de que mañana, será otro buen día. Qué bien sienta el saberse libre de todo aquello que una vez causó dolor. De volar de nuevo. De hacerlo sola. De no tener más miedo. Qué bien sienta quererse a uno mismo. Quitarse un peso de encima que no sabías que llevabas. Mirar directamente a los ojos de la gente y no tener miedo, ni dudas, ni preguntas. Volver a respirar profundo, como una calada que penetra bien adentro y sabe a felicidad. Qué bonito es desprenderse de aquello que sobra, de lo que no suma, de lo que pesa sin saberlo. Qué bonito gritar a pleno pulmón, correr sin rumbo, no esperar nada. Qué hermoso el camino que te enseña y te reinventa. Qué belleza la puesta de sol en el mes de junio, los días largos, la melena suelta, las duchas frías, la vida.

 Sí, qué bonita la vida cuando eres feliz, cuando eres libre, cuando te sientes viva


domingo, 5 de marzo de 2017

Mi Odisea

Puedo estar sentada junto a ti, sabiendo que en realidad estamos a cientos de kilómetros y aun así sentirme más segura que cuando no estás cerca y finjo que me siento liberada de tu embrujo. Porque al final es eso, que me repito un millón de veces cada segundo que estoy bien, que se está pasando, que no me hace daño, que esta vez sí, ya no te esperaré, aunque de reojo mire por la ventana, me asome a la puerta o escuche tras de ella. Hay muchos segundos en una hora, más aún en un día. El número de veces que finjo que me siento bien es tirando por lo bajo, incalculable. Y, sin embargo, de repente nos encontramos, y por un minuto entero me encuentro, ni bien ni mal, pero me encuentro que ya es bastante. Después te vas, o yo sigo mi camino y vuelta a empezar. Empiezo de cero cada día, y un cero sacaría en materia del amor, en primer lugar, por no saber afrontarlo, en segundo lugar por no saber lidiar con él, en tercer lugar por no saber cuidarlo, en cuarto lugar por querer esconderlo y así hasta contar hasta diez. Diez veces fueron, por cierto, las que estuviste dentro de mí, qué bonito recuerdo. Cómo las noches que sin rozarnos pasamos juntos. O las conversaciones sin sentido. Ahora las palabras se esconden, no quieren salir. De repente, nada. Ojalá yo también sintiera esa nada dentro de mí, pero no, me tengo que quedar aquí, buscándote para encontrarte sin querer, y tener que sentir toda esa nada para estar bien. Qué irónica esta vida. Tú dibujaste un lienzo dentro de mí sin saberlo enredando mi vida, haciendo un lío hermoso y terrible al mismo tiempo. Tú que pintas cosas bellas, me has dejado hecha un cuadro. Pero este cuadro parece no quedar bien en tu pared. Por cierto, que me encantaría dormir al abrigo de las estrellas alguna noche. Pero supongo que me iré al campo para hacerlo. Cuatro planetas rodean un gran sol en el centro de tu cuarto, tú y yo estamos ahora mismo a años luz el uno del otro y a millones de galaxias de lo que solíamos ser juntos. Porque parece ser que ya no somos si es que alguna vez hemos sido, que todavía no me queda claro. Y quizás ahí radica todo, que nunca supe nadar bien en tus aguas, que no sabía si los vientos soplaban de poniente o del levante, y al final la tormenta me atrapó en mitad del océano. Y me ahogué, pero no llegué a morir, y ahora solo trato de sobrevivir. Sobrevivir a base de contarme cuentos de un instante fugaz pretérito, de contar segundos, minutos y horas para pasar el tiempo. Un tiempo que antes era tuyo y ahora de nadie, porque debería ser mío, pero como el Cíclope de la Odisea, nadie me ha hecho esto, y nadie, eras tú. Nadie eras tú y en el fondo todo. Todo lo que esperaba, anhelaba y quería. Maldita mente enferma la mía, malditos ojos verdes esos tuyos, malditos hoyuelos y malditas risas histriónicas las nuestras cuando sonaban al unísono. He perdido el compás de tu música, y aunque lo intento, siento que siempre ataco tarde la última nota. Me doy un cero en materia del amor. Un amor que ya de lejos se veía tormentoso, como Caribdis y Escila, en fin, eres siciliano, quizás por eso, antes de acercarme, ya lo sabía. Pero, ¿sabes que Ulises al final llegó a casa? Le costó diez años, y muchas desgracias; quizás, algún día, yo también encuentre el camino de vuelta a tu habitación, para al menos susurrarte la palabra ROMA pero al revés (que es mi palabra prohibida como lo era también para los romanos) y contemplar desde tu cama el espacio sideral porque cuando estoy contigo, sin tu saberlo, me llevas de la mano a conocer todas las estrellas del firmamento (no solo las de tu techo).

Así que sí, te busco para encontrarte sin querer, para ver si así, algún día tú también me quieres buscar, y encontrarnos los dos queriéndonos sin más. 


sábado, 4 de marzo de 2017

vive

Puedo contarte historias muy tristes como por ejemplo la de aquella niña problemática a la que le tacharon de no tener carácter, y como consecuencia, se forjó una personalidad demasiado fuerte, demasiado complicada para aceptar la normalidad como modo de vida. O aquella de la adolescente que perdió su virginidad con un niñato que se creía tan adulto como para darle un cabezazo por no saber dónde había estado,y como consecuencia, la adolescente dejó de creer en el amor. Es más, conozco otra, la de una joven que al volver a casa, estando en su portal, un extraño le bajó los pantalones y la empezó a tocar. Ella no llevaba falda, ni larga ni corta, sino pantalones y era ya de día. Y como consecuencia, la joven se dio cuenta de que las cosas más terribles le pueden pasar a cualquiera cuando menos se lo espera. Incluso podría contarte esa que ya conoces, la de la mujer que trabajaba moldeando palabras y luego no las decía nunca, y como consecuencia, ella aprendió que si no eres valiente cuando debes serlo, pierdes más que si lo hubieras sido. 
Son historias tristes, que le pueden pasar a cualquiera, puedes verlas escritas en un cuento, pero no olvides que también pueden ser reales. Intenta aprender de ellas, intenta que no te pasen, pero si, Dios no lo quiera, suceden, recuerda a la niña que salió adelante, a la adolescente que años más tarde encontró el amor, a la joven que no perdió la sonrisa ni las ganas de seguir viviendo o a la mujer que se hizo valiente. Trata de hallar siempre una forma de salir de tus problemas, intenta aprender algo nuevo cada día, y si de verdad quieres conseguir algo, lucha con todas tus fuerzas y lo acabarás logrando. La vida puede verse muy negra en algunos momentos, como si la luz se hubiese apagado y el camino se hubiera borrado, párate un segundo si quieres, o los que hagan falta, inspira hondo, y continúa, porque tarde o temprano, siempre sale el sol. Y si no lo ves, sé tú el sol de este mundo, y brilla. Brilla fuerte y brilla alto porque con sus más y con sus menos, la vida es maravillosa, y al final el dolor se irá. Enseña con orgullo las cicatrices que te han hecho más fuerte, más sabia, más viva. Y nunca dejes de creer que puedes conseguirlo, que estas historias que te cuento, no te desanimen. Son historias tristes sí, pero de una vida que merece ser vivida, de una persona que aprendió a seguir siempre hacia delante, combatiendo sus miedos, las adversidades y el dolor con fuerza, con garra y con ilusión. Es la historia de una persona normal de carne y hueso, como tú, que ha entendido que la vida, hay que vivirla al 100% todos y cada uno de los días, porque no sabemos dónde estaremos mañana y el placer que se siente al sonreír y ser feliz es más grande que ninguna historia que haya podido ocurrir.

Puedo contarte historias muy tristes que no creerías que son verdad, pero lo son. Lo que pretendo decirte es que no debes tener miedo a caer, a decir lo que piensas o a ser quien eres. Pero sobre todo, 

no tengas miedo de vivir

miércoles, 1 de marzo de 2017

...

Ella inspira suave la última calada de su cigarro, retardando todo lo posible el momento de apagarlo. No se da cuenta de que él no vendrá; que ya ha pasado, que no volverá. Mira su cajetilla vacía y se da cuenta de que si ese dolor no la mata, el tabaco lo hará y los cientos de cigarros que se fuma esperando.
Ella sale fuera y la lluvia comienza a calar pero no siente frío. Solo puede sentir el dolor de cada gota golpeando contra su corazón, rompiéndolo en mil pedazos y tirando los fragmentos a un pozo que parece no tener final,
Ella se esconde luego en su refugio y crea historias, posibles excusas. Empezó contando semanas, luego los días, después las horas y por último hasta los minutos para verlo. Aguardó tanto que incluso ahora sigue haciéndolo con la sonrisa puesta aunque la mirada triste porque lo que el corazón no entiende, la mente ya lo había comprendido desde el principio.
Y así, cada historia que la llevaba a alcanzar un sueño placentero, hoy la desvela como una pesadilla que se repite durante toda la noche. Antes las horas  parecían minutos, ahora los minutos son horas enteras. Los planes son estratagemas. El vino dulce se ha vuelto amargo. La comida fría sobre la mesa. Una silla vacía en la cocina.
En el fondo, ella sabe qué debe hacer, pero aceptarlo le duele más que seguir esperando. Y mientras trata de asumirlo como puede, con lágrimas en los ojos, el corazón encogido y miles de sueños en la papelera de enfrente, abre otra cajetilla y saca un nuevo cigarro. Entonces, de forma irónica, la misma ironía que en parte la ha llevado a estar así, se pregunta:

¿quién fue el listo que dijo que de amor no se muere?


domingo, 12 de febrero de 2017

Despedida

Aún puede olerse los restos de su perfume bajo las sábanas que compartimos durmiendo juntos a miles de kilómetros el uno del otro. Todavía está su vaso a medio beber sobre la mesa, un vaso del que ambos bebimos, que un día estuvo medio lleno, hoy solo medio vacío. Tan solo quedan aquí las cosas que él no quiso llevarse consigo, todavía sigo aquí en el mismo sitio. Contándome una historia diferente cada noche para dormir, gritando en el silencio de la noche su nombre para oírlo venir. Un aullido que no suena, una súplica que no llega.
Aún busco entre estas cuatro paredes los restos del ayer que compartimos sin mañana, pero ya no encuentro nada. El vacío que deja en el que se queda aquel que se marcha.
Si cierro los ojos, veo su mirada inescrutable mirarme, escucho su respiración durmiendo, los ecos del ruido riendo, su pregunta rápida, todos mis miedos. Busco en el sofá la ropa desordenada, pero todo está recogido. Tan solo estoy yo hecha un lío. Guardo en la cama su lado, que antes era el mío, sabiendo que no volverá, pero ocuparlo sería admitir que ya no está. Poco a poco entiendo qué significa la palabra soledad. Y cuando más entiendo su concepto más me quiebro por dentro. Siento que me estoy cayendo.
Aún busco en estas cuatro paredes las suyas, su cama, sus caricias, los besos que compartimos en otro sitio, en otro momento, en lo que ya parece otra vida. La vida que se rompe a cada instante que no lo encuentro.
Qué larga fue la espera, qué corto es el tiempo. Qué maldito dolor este que siento por no haber sabido pararme a tiempo. Incluso sabiendo lo que ya sabía, que no se podía. Y ni siquiera enterrar este sentimiento puedo, porque me duele demasiado para taparlo con remiendos. Qué pobre ilusa, qué tonta, creyéndome mis cuentos. Y tras este grito, solo viene el silencio. El silencio que tu ausencia me grita, el silencio de tantas lágrimas contenidas. Pero ahora, como esos ríos desbordados que veíamos, llega una fuerte embestida. La realidad que rompe la rivera de la fantasía. El dolor que anega la felicidad marchita. La ilusión que se ha quedado perdida. La soledad que invade y se instala en mi vida, haciendo esta habitación un poco más fría.
Y aún te busco entre estas cuatro paredes, un gesto, una carta, un regalo. Y al buscar solo encuentro los restos de todo lo que te di en vano, esperando no recibir nada a cambio, creyendo cada día que lo podía seguir intentando.

Y a pesar de que siempre supe que te irías, cada noche me mentía. Así el dolor de tu distancia desaparecía. Pero ahora, me consume esta herida, pena del alma, dolor de una vida. La que a expensas de todo y todos, creí que podía ser mía. En silencio te quería a escondidas, en alto tan solo te veía y sonreía. Y ahora, en este rincón de la habitación, sentada sobre el sillón, lloro todo este dolor, al verte marchar sin preocupación, sin siquiera decirnos adiós, mirando alrededor, buscando todavía los restos de un amor que en ti nunca surgió. 



viernes, 6 de enero de 2017

Silencio

El problema no fue haberte conocido, ni siquiera haberte dejado entrar; el problema fue haber hecho que llegaras demasiado dentro sin que tú supieras dónde estabas. Ese fue mi problema, construir un  castillo de naipes sobre tierras movedizas y tratar de vivir en él. Al final, como siempre y como todo, se derrumbó. Pero ni siquiera ese fue el mayor problema porque incluso antes de que ocurriera, ya sabía que pasaría. Conocía, en parte, los peligros de verme tan expuesta cuando todavía no estaba preparada y ahora, me doy cuenta de que el problema fue tener el corazón hecho pedazos antes incluso antes de estar roto. Conocer con seguridad la fatídica caída, y seguir la senda como si nada fuera a ocurrir. Imaginar cada día qué podría ocurrir, contarme un cuento sobre ti cada noche para irme a dormir. Esperar. Esperar a que volvieras para ver que nada había cambiado. Tú seguías siendo tú. Y yo seguía siendo yo. El aceite y el agua no se mezclan, pero nunca fui muy buena en química, ya ves. La de estudiar al menos. La otra, la que compartíamos los dos, esa sí se nos daba bien. El problema fue confundirla con todo lo demás, involucrar al corazón, intentar llamar a la atracción, amor. Confundir conceptos. No es lo mismo tú y yo, que nosotros. No es lo mismo quedarse un tiempo, que hacerlo siempre. Ese es el problema, rellenar los vacíos, que no los huecos. Porque lo que dejas son vacíos, vacíos de palabras, de momentos, de sueños, de sentimientos. Al final, en eso radica todo, en que yo me lancé demasiado rápido a sentir, y tú vives a otro ritmo. Escuchamos sintonías diferentes. Somos como dos intervalos armónicos, sonamos bien un momento, pero a larga, no dejamos de ser dos notas diferentes. Y al final, las diferencias se convirtieron en esto, un aquí te espero por mi parte, y un solo necesito donde quedarme por la tuya. En fin, que el problema es que vienes y te vas y yo, me quedo. Me quedo aquí, como siempre, con el corazón en un puño, un agujero en el pecho, una lágrima en el alma y un sueño roto más. Nihil novum sub solem, toca, de nuevo, volver a empezar. Y ese, es otro de los problemas, que cada vez más a menudo me caigo y me levanto, y cada vez cuesta más hacerlo. Que no aprendo, que no cambio. Que siempre me equivoco, que siempre pierdo. Y es que el problema no es haberte perdido, fue no haberte encontrado del todo, o no haberlo hecho  a tiempo. Y ahora, ese mismo tiempo se nos ha echado encima, tú te marchas, y yo, aquí te espero. Aunque sé de sobra que ni vas a volver, ni vas a saberlo. Porque al final es eso, que no te lo he dicho, y tú tampoco lo dirás. Eso es. Silencio. 


martes, 25 de octubre de 2016

Tiempo

Sentir la brisa del mar sobre la piel, el olor a café recién hecho desde las terrazas de la calle, el sonido de la gente murmurando, paseando sin conocer tu existencia. Descubrir que las hojas de los árboles ya han teñido su color, que el verde ha pasado al amarillo y del amarillo al marrón. Ver que ya se empiezan a caer; que el alba trae consigo el frío, aunque aún se conserve el calor en la parte media del día. Oír el bullicio de un recreo abarrotado de niños, aquel bebé que llora y aquella señora que le cuenta a su marido qué le ha pasado a su vecino. Caminar las mismas calles de siempre, y sin embargo, sentirte diferente. Nadie se da cuenta de ese cambio que se ha producido en estas semanas. Este es tu último día aquí.
Te escondes entre la gente, y lloras por dentro, y por primera vez, también por fuera. Lloras de emoción, de nervios, de felicidad, de miedo. Lloras de melancolía y de ilusión. Lloras porque eres valiente, y te das cuenta de que, a pesar de lo que siempre has pensado, llorar no es ser cobarde. Llorar es aceptar que algo ha tocado tu corazón, llorar es abrirte al mundo de la forma más natural y sencilla.
Desde hace días, todo ha cobrado un sentido nuevo. La última cena con…, la última noche al lado de…, el último café en… y yo, que soy una persona que siempre ha dado especial importancia a esas cosas, en cada "último" llora y siente nostalgia. Nostalgia por todo el tiempo que ya ha pasado, nostalgia por aquellos tiempos en los que la vida se basaba simplemente en crear sueños y te decían que los siguieses. Nostalgia porque entonces no pensabas que tus sueños significasen renunciar a otras cosas tan importantes como los mismos sueños. Nostalgia porque a veces, echo de menos ser pequeña y volver a sentirme protegida, sin tener que combatir el mundo cada día.
Hoy es mi último día en casa. No sé cuándo voy a volver, no sé quién seré cuando regrese. No sé si me irá bien, si encontraré un lugar en el que me sienta a gusto, no sé si lograré mis sueños ni si sufriré mucho. Solo sé, que ahora mismo solo brotan en mi mente todos esos años entre estas paredes. Los domingos de juegos en familia, los viernes con Inma, las películas del videoclub. Las nocheviejas todos juntos, y los karaokes de Nochebuena. Todos los cuidados, mimos, abrazos, besos, risas, enfados e incluso lágrimas que guarda cada rincón de la casa. Aquí fue donde cogí un boli por primera vez para escribir y desinhibirme, aquí fui inmensamente feliz cada día, aquí me dejaron ser simplemente yo, me enseñaron a seguir los sueños y me dieron alas para volar a conseguirlos.
Miro las estanterías de mi habitación que guardan todos mis éxitos y pienso si este viaje también lo será. Miro los trofeos que con tanto esfuerzo fui consiguiendo y sé que se los debo a ellos, a mi familia y amigos que me han animado y apoyado en cada paso.
 Escucho a los vecinos riñendo por última vez, la comida en la pota, los niños gritando en el salón. Qué jóvenes para entender qué irónica es la vida. Tantos años diciendo que quiero irme, y ahora, que ya me voy no dejo de preguntarme si esto es realmente lo que quiero.
Esta es la última vez que me siento aquí por el momento y no dejo de pensar en el tiempo. Mi gran enemigo. Mi mayor miedo. A veces mi aliado. Mi maestro. Para los que me conocen, mi gran calvario. Un problema. Tiempo. Lo que hoy nos separa. Lo que mañana nos unirá de nuevo.

Tiempo.

Siempre el mismo, y nunca igual. 


miércoles, 7 de septiembre de 2016

Lección para antes de comer

No me gusta que creas que soy boba, pero cuando lo dices, me haces más lista. No me gusta que me digas que nunca tengo opinión sobre nada, pero cuando lo haces, me haces más juiciosa. No me gusta que te jactes de que no tengo temas de conversación, pero cuando lo expresas, me enseñas a escoger a quién le dedicaré mis palabras.
No creas que es cierto todo lo que dicen, porque hasta yo que soy tan boba como dices sé que no siempre la gente dice la verdad. Tal vez no sea quien debería ser, quien podría haber sido, o cómo te gustaría que fuera… pero soy quien soy, sin más, sin menos. Tal vez no conozco demasiado sobre el sistema capitalista, crea en utopías políticas, no sepa hacer la o con un canuto o no tenga la habilidad innata para hacer una disertación de cualquier tema que surja en una conversación. No me juzgues si mi nivel intelectual no llega al sobresaliente, si me empeño demasiado en algo, si no lo consigo, si divago o si digo, simplemente que no sé. Pero en todos estos años he aprendido una o dos cosas sobre la vida que no hay que luchar contra ella sino con ella, que es mejor medirse con un rasero propio que con el de otros, que no hay que esperar las cosas sino salir a por ellas, que no hay que juzgar a nadie sino conocerlos. Puede que en otro momento me enfadase por no ser mejor, pero hoy he aprendido a quererme tal y como soy. Y eso, digan lo que digan los libros de texto, los periódicos o las enciclopedias es el mayor conocimiento que existe, saber quién es uno mismo y saber quererse en cada momento.

No me gusta que se hayan burlado de mí, que me hayan tachado de estúpida, no me gusta que me hayan juzgado o pisoteado, pero gracias a todos ellos, me he conocido mejor, me he valorado más, y al final he aprendido, quién de verdad soy. 

Una lección que durará toda la vida.




martes, 6 de septiembre de 2016

Mi primer amor

Te había visto antes de conocerte, en mis sueños te había escuchado sin haberte oído hablar, te había encontrado ya antes de buscarte, y te quise antes de saber quién eras, y cuando al fin lo supe, te amé sin condiciones. Pero tú nunca me viste así, y si lo hiciste, nunca me lo hiciste saber. Habría muerto por ti cien veces, sin ni siquiera haber compartido un solo día de mi vida junto a ti, te habría cogido la Luna, sin haber viajado nunca contigo, pero lo haría. Lo haría entonces y lo haría ahora, porque no nos engañemos, aunque nunca me hayas amado, sabes de sobra lo que es el amor. Yo por ti y tú por otra. Pero ambos entendemos este idioma en el que hablamos, solo que le hablamos a personas que no nos escuchan del todo. Qué paradoja. Tantos años, y todo sigue igual. Intacto este sentimiento que me aprisiona el pecho, que me golpea hasta el alma, que me nubla la vista, que me acelera el corazón, me seca la boca y esconde mis palabras. Tantos años hablándote sin decir nada, mirándote sin poder verte, rozándote sin tocarte. Tantos años y sin embargo te amo igual que siempre. Quizás más. Porque también amo tu perseverancia al estar enamorado de un imposible, tal y como lo estoy yo. Enamorada de ti porque tengo esperanza de que algún día te des la vuelta y me veas de verdad, como en realidad soy y no como quiero que me veas, queriéndote cada instante, en lo bueno y en lo malo. Remendando esas heridas de tu corazón marchito, mientras tú curas las llagas de este corazón que arde sin parar en mi interior. Y entonces por fin podrías escucharme, verme y tocarme de verdad. Descubrirías que soy auténtica, que te amo como a nadie, que te esperaría mil noches más si hiciera falta por quedarme una sola junto a ti. Por verte sonreír, y ser yo la causa de esa risa. Por ser el sol y ya más nunca la eterna noche, por ser la vida y no el sueño, por ser tuya y no quien te anhela. Eso quiero ser. Ser yo misma, pero junto a ti. Porque desde que este sentimiento se ha apoderado de mí, he dejado de ser yo. Ya no río, ni veo, ni vivo. Solo sueño, un sueño constante en el que se va mi fuerza. Y de noche, exhausta por saber que nunca lo conseguiré, me derrumbo en la cama y lloro con fuerza hasta vender mi alma a cambio de algo, una mirada aunque sea. Algo que me haga pensar que al menos sabes que existo. Algo que me dé aliento para continuar este camino, que sé que es doloroso, pero el amor a veces duele. El amor, de hecho, parece que siempre duele.

Y aquí llega este nuevo día, en el que me levanto, desayuno, me ducho y me visto rápidamente para llegar pronto al instituto, me gusta esperar a verte llegar, y por si algún día dejas de llegar tarde, yo entro la primera, no sea que alguien te vea primero, y la mires, y todo lo que yo había soñado contigo, lo tengas, pero con ella. En fin, qué tonterías, aquí llegas, con tus ojos celestes y tu pelo claro, tu cara de niño bueno. Caminas con paso erguido y seguro, también te has llevado mi seguridad, porque delante de ti, nerviosa y titubeante te miro a escondidas, una mirada furtiva en la que te declaro mi amor, por fuera callo, por dentro grito. Y entonces tú te das la vuelta, y me miras.

 Y en ese momento, por primera vez, 
tu mirada se cruza con la mía




martes, 30 de agosto de 2016

Si fueras

Si fueses un secreto, yo sería la llave que te sella;
 si fueras una carta, sería el sobre que te guarda 
 y si fueras un poema, yo, sin duda, sería la rima 
para escucharte siempre sin cansarme nunca.

 Si fueras una canción, sería tu melodía;
 del viento, su sonido; 
del mar, la espuma 
para nadar en ti siempre, sin cansarme nunca

Y si fueras un segundo, yo sería el momento que se agota en él, 
si un espejo, su reflejo, 
si un beso, su sabor
para embriagarme de ti siempre, sin cansarme nunca

Y si fueras un verso, 
ay si fueras verso,
 yo quisiera ser este, 
para hablar de ti siempre, sin olvidarte nunca. 




lunes, 29 de agosto de 2016

Y mientras tanto

A medio camino, 
justo entre las ganas de retroceder y de continuar, 
en ese momento en el que simplemente no sabes 
y no piensas para no hacerte daño. 
Demasiado tarde para regresar, 
demasiado pronto para salir corriendo. 
Sin haber terminado, 
y aún lejos de volver a empezar. 
Ahí, en ese limbo de la vida 
en el que no sabes bien a ciencia cierta si sí o si no.
 Quizás. Porque es verdad, quizás
 el camino siga hacia delante, 
mis pasos sigan rectos y encuentre esa salida al mar que tanto ansío. 
O quizás no llegue nunca, 
me pierda en estos pensamientos que me ocupan
 la mitad de las energías y de mis días. 
Quién sabe. Tal vez. Pero en eso consiste la vida. 
En un momento de destello, y cien días de ilusión. 
En un sueño y muchas metas. 
En un resbalón. 
Miles de lágrimas, de errores, 
y un perdón. 
En mil sentimientos y un solo corazón. 
Qué bonito vivir, o quizá no. 
Entre tonos grises, o a todo color, 
ya no recuerdo cómo era mejor, 
si vivir mucho en poco tiempo
 o si vivir poquito a poco pisando el freno. 
Hace tiempo que no distingo, 
que no acepto, que no acato, 
que doy vueltas, que no avanzo. 
Qué curioso, tan lejos como voy,
 y al final, vaya donde vaya, aquí estoy
en el mismo punto; en ese en el que, 
simplemente, ya no sé si seguir o volver,
si podré avanzar, o me caeré,
si podré volver, o me perderé 

A medio camino, casualmente como al principio. 


miércoles, 20 de julio de 2016

A solas con su soledad

Poco a poco ella se daba cuenta de cómo otros, según ella pensaba, se iban adueñando de sus sueños: irse de casa, viajar lejos, emprender nuevos retos… mientras ella permanecía estática en el mismo lugar de siempre, con esos sueños por cumplir que estaban programados, pero para más tarde. Hacía tiempo se había ido distanciando para que en el momento de decir adiós no doliese tanto, o porque en el fondo sabía que no quería volver, o no podría porque no habría a quién ver. Con tanto tiempo había planeado todo eso que en el momento de decir adiós no quedaba nadie a su alrededor para despedirse. Le gustaba estar sola, pero ahora se sentía sola prácticamente todo el tiempo, tan solo un pequeño peluche le hacía compañía. La soledad había pasado de ser su mejor excusa, a su peor pesadilla. A la larga el haberse ido distanciando de la gente para que doliese menos, acabó doliendo más. Y al final se fue, pero vivía tan lejos, que ni siquiera su familia lograba hacerla entrar en calor cuando su corazón se helaba.
Qué curioso, que ella, que nunca tuvo problemas para relacionarse con la gente, ahora no encontrase a nadie . No supo mantener sus amistades, no pudo mostrarse cómo era, y cuándo pudo hacerlo, no la quisieron o no la entendieron. Porque distante no, pero silenciosa y reservada siempre había sido. Era lo paradójico. Que ella hablaba, siempre y mucho de cualquier cosa, pero podías hablar con ella durante un año y no conocerla en absoluto. Era difícil penetrar en ella, y doloroso cuando llegabas, pero en el fondo tenía algo que te hacía quedarte. Su vitalidad, su fuerza o su sufrimiento. Pero ahora ya ni siquiera sabe cómo hablar, no de ella, de eso nunca supo, sino de todo lo demás. Se ha quedado sin palabras, ella que juega con ellas y las moldea todo el tiempo, que las ha estudiado y las enseña…Todas aquellas horas divagando sobre cualquier asunto quedaban resumidas en simples monosílabos y pequeñas intervenciones que poco podían aportar. Ahora ella es una gran escuchadora, pero nada más. No consigue hacer amigos, ha perdido los de antes, y de nuevo, de vuelta a la soledad. La que tanto quiso y ahora odia.
Qué extraña es la vida que te cambia por completo de repente y sin previo aviso, sin que tú te enteres y los demás lo noten. Ayer eras un pequeño loro parlanchín con un montón de amigos con los que quedar y hoy eres un pequeño texto que nadie se va a leer. Y si le preguntaras cómo ha podido ser, no sabría contestarte. Muchos sueños, nuevos horizontes, mucho miedo y un gran secreto… o simplemente el tiempo, que dicen que pone a cada uno en su lugar. Ella siempre se jactó de ser un alma solitaria, ahora simplemente, ella se siente sola. 


jueves, 30 de junio de 2016

Gijón

A lo largo de estos años hemos compartido grandes noches de locura, risas y fiesta, días infinitamente largos de tareas y recados, o de aburrimiento. Hemos paseado bajo un sol de justicia y un aguacero increíble. Te he agarrado esa mano invisible un millón de veces para no resbalar y aunque a veces me he caído y otras me han tirado, siempre me has ayudado a levantarme, como un buen bastón, una luz y una guía que incluso en mis momentos más oscuros supo llevarme a casa. Hemos sido amigas íntimas desde que tengo uso de razón, te he contado mis más oscuros secretos, mis pasiones más inconfesables… solo tú comprendes cuánto amor soy capaz de sentir, cuánto daño capaz de hacer y cuántas lágrimas me guardo para llorarlas a solas o como mucho, contigo como confesora. Tantos años y tantas historias que no sabría cómo empezar, qué destacar, ni sobre todo, cómo despedirme de ti… mi mejor amiga y a la vez mi mayor enemiga. Mi hogar, y a la vez el lugar del que me quiero ir siempre. Qué curiosa ha sido nuestra historia durante estos 25 años ¿verdad? Te defiendo con uñas y dientes y al mismo tiempo, llevo esperando este momento muchos años. Quizá este tiempo que pase fuera no es demasiado, ya nos hemos separado muchas veces, pero tú y yo sabemos, que este es  ese trampolín que anhelaba. Este es solo un pequeño salto, un ensayo de lo que vendrá a continuación.
Sin embargo, ¿sabes qué? Te concederé esto, porque me has aguantado muchos años sin apenas quejarte. Te echaré de menos. Ahora y siempre. Tus mañanas con el sol saliendo de entre las nubes, el silencio a la luz del alba, y los paseos por el descampado para ir al colegio, incluso las asquerosas babosas que encontrábamos a nuestro paso. Echaré de menos el olor a pan recién hecho, los cuernos a la salida del colegio, las montañas a la hora de educación física. El autobús para ir al instituto, la música entrando por mis oídos, la belleza de tu paisaje por los ojos. Los primeros latidos de un corazón enamorado y las mariposas en el estómago junto al verde de tus prados. Echaré de menos las tardes de paseo a cualquier lugar, perderme por tus calles, redescubrir zonas que parecen tan diferentes a la luz del sol y a la luz de las farolas. Sentarme en una terraza y mirar el alma de esta ciudad que es su propia gente…  ver tus atardeceres, desde la paya, el Cerro, la providencia, los pericones, o mi casa… que se detenga el tiempo y sonreír por tu hermosura, por lo afortunada que soy de haber nacido en este pequeño punto geográfico. Echaré de menos las noches cenando en familia, los viernes de antaño, los sábados de fiesta, las madrugadas bailando, riendo, compartiendo la vida, disfrutando del tiempo, creando recuerdos a los que volver, cuando, como mañana, ya esté lejos.
Tus calles guardan los nombres de muchos y antiguos amores de mi vida, las esquinas saben a besos prohibidos, besos de juventud, de pasión, de locura… en el corazón me llevo tu imagen, la de una ciudad con vida propia que despierta en mí toda la ternura y alegría. Ay, Gijón, me lo has dado todo, me lo has quitado a veces, me has empujado a lo más alto, me has visto triunfar y fracasar pero ahora debemos despedirnos… no por mucho tiempo, pero el suficiente para despertar en mí esa mezcla de ilusión y nostalgia que implica una nueva aventura, un nuevo reto y una nueva ciudad que será mi hogar por unos meses… aunque ya sabes lo que siempre digo, el hogar está donde reside el corazón, mi corazón es asturiano 100%, vaya donde vaya, y viva donde viva, llevo tu nombre por bandera. Mi hogar, mi familia y mi refugio están aquí.


Te veo en septiembre,  Gijón del alma. 




miércoles, 22 de junio de 2016

Si cierro los ojos

Si cierro los ojos aún puedo escuchar tu voz aguda, tu risa contagiosa y tus mentiras piadosas. Si cierro los ojos aún puede verte caminando por la calle, en una terraza sentada o revolviendo todo un supermercado. Pero solo me queda eso: verte si cierro los ojos aunque te siga sintiendo cuando los tengo bien abiertos. Sin embargo, hace ya varios años que te has ido… años con sus momentos buenos y sus pequeñas tragedias, meses que han aumentado el tiempo que llevábamos alejadas, semanas de lágrimas y sonrisas a medias al recordarte. Días, todos ellos con un vacío que no se llenará jamás. Qué difícil es vivir contigo tan lejos, es como si la magia de la vida hubiese desaparecido en parte…
Desde bien pequeña empezamos a tejer un hilo, fino y casi invisible entre las dos. Muchos de mis mejores recuerdos llevan grabados tu nombre. Y aunque la parca quiso llevarte antes de lo previsto, sin apenas tiempo a decir adiós, yo sigo extendiendo ese hilo que nos unirá a través de la distancia en cada momento. Porque no he conseguido desprenderme ni de tu recuerdo, ni de tu ilusión. No quiero aprender a vivir sin ti. He decidido escoger este camino, el de recordarte cada día y vivir por las dos. Intentar ser tu legado aquí en la Tierra mientras tu preparas nuestra próxima cita donde sea. Nuestro hilo es un vínculo entre estos dos mundos que nos separan, o al menos eso me suelo decir para no pensar que te he perdido para siempre y ya nunca volveré a verte reír, hablar o protestar por el poco chocolate que hay en esas tortitas.
Pero a pesar de ese puente celestial para vivir unidas pese a todo, a veces me gustaría dar marcha atrás al reloj y poder disfrutar de ti de nuevo. Visitarte más. Decirte más veces lo mucho que te quiero. Decirte que ojalá no me faltases nunca, porque duele. Duele cada día y cada hora que no te veo, que te pierdo y que me alejo. Me gustaría volver al último día que te vi con vida y consciente y darte un abrazo que dure eternamente, entregarte en él mi fuerza y mi energía para prorrogar el momento de decirte adiós. Volver a mirarte a los ojos y guardar esa mirada para siempre. Hice todo lo que pude. Recé como nunca había hecho (sí, recé por ti), llevé tu carta, esa que me escribiste a los 18 y fue el mejor regalo que he recibido nunca; llevé esa carta todo el tiempo durante 21 días, dormí con ella, la abracé cada noche, no la perdí de vista ni un segundo, tus palabras habían sido mi fuerza muchas veces, quería que también fueran la tuya y  quizás así lograría que te quedases conmigo. Pero no, contra la naturaleza no podemos jugar… y el tiempo no nos dejó escribir más capítulos ni acumular más recuerdos…. Dios… no sabes lo que te echo de menos güelita… mi alma tiene una herida abierta que no para de sangrar desde hace casi cinco años…
Si cierro los ojos aún puedo verte celebrando mi cumpleaños, gritando en la terraza de tu casa durante tu última cabalgata (que afortunadamente, sin saberlo, compartimos). Si cierro los ojos puedo verte sonriendo, hablando...viviendo...

pero solo me queda eso, si cierro los ojos, tu recuerdo.


miércoles, 15 de junio de 2016

un nuevo amanecer

Quizás tenté a la suerte una vez más, pensando que si una vez fue, hoy seguiría siendo. Pero me equivoqué. A las cosas no sirve de nada forzarlas, mucho menos al amor. Si se siente, se siente, si no, no. Blanco o negro. Fuego o hielo. Pero la última vez todavía había sentido que estábamos a tiempo. Que ese tren aún no se había ido. Pero esta vez era tarde, y no quise darme cuenta. Porque además, es así, no quise verlo. Pero ahora lo sé. Sé que dentro de nosotros ya no queda nada de todo el amor que una vez sentimos. Sé que nuestra historia se escribe en pasado. Sé que puedo volver a mirarte a los ojos sin caer enamorada. Que puedo bromear contigo sin pensar si removeré algo del pasado. Sé que hoy por fin, tú y yo hemos terminado.
Y no me siento triste, ni melancólica. Ni siquiera tengo ese vacío en el alma que sentí la última vez. Tan solo siento alivio. Porque llegué a tener miedo de llevarte para siempre en mi corazón, como una herida abierta que jamás se curaría. Me siento libre por poder decirte adiós, con la mano levantada sabiendo que te lo digo de corazón. Que a partir de ahora, podremos ser esos amigos que nunca logramos ser. O si no quieres, no ser nada más. Pero sin dolor y sin rencor, y sobre todo, sin amor. Por fin te he sacado de mí. Por fin he logrado perdonarme los errores del pasado, afrontar el presente y ver que ya no queda nada para nosotros. Todos nuestros capítulos se han escrito ya. Tantas páginas y volúmenes durante tantos años, y hoy por fin, pongo el último punto y final a esta obra.
Ahora, con la perspectiva que da el tiempo y la distancia, me doy cuenta de todos los errores que cometimos estando juntos. El primero de todos, enamorarnos y no saber dejarnos ir, pese a estar lejos. Eso es lo que no me había dejado olvidarte todos estos años. Y aunque separados, de vez en cuando, algunas veces pensaba en ti, en qué hubiera pasado, en cómo estaríamos ahora. Pero ya no me cuestiono ese posible presente. Ya no me duele tu vacío, ni me llena de ilusión tu presencia. Ya no necesito tu fuerza. Ya no, tú y yo, ya no.
No mentiré que las últimas veces, fue más difícil si cabe. Pensar en dejarlo todo, volver a aquel lugar donde peleábamos juntos la vida, volver a escuchar el sonido de tu risa y ver tus ojos iluminados por el sol. No mentiré, las últimas fue más difícil y pensaba que era por todo el amor que seguía sintiendo. Qué equivocada estaba. Ese dolor en el pecho, esa agonía en el corazón, eran las últimas lágrimas de mi alma al decirte adiós. Una despedida que ahora se me antoja larga. Te llevo olvidando tantos años que no recuerdo qué había ni siquiera antes de ti. Pero dicen que en eso consiste un amor verdadero: cambiarte la vida por completo sin previo aviso. Pero hoy, por fin, tras todos estos años de dolor, ausencia, amor y reencuentros, te he expulsado de mi cuerpo. Porque yo era adicta a ti y a tus idas y venidas, a tu incertidumbre. Tú eras esa droga que me hacía vulnerable y débil.
Quizás la última vez tenté a la suerte. Pero ahora veo que debía hacerlo. Para asegurarme de que ya no estás en mi sistema. Que te he dejado atrás. Que estoy a prueba de tu mirada tierna, tu sonrisa pícara, y tus caricias suaves. Ya no puedes jugar conmigo, ni marcar tus propias pautas. Esta vez, las reglas del juego las he puesto yo.


Ahora por fin, jugamos en ligas diferentes: tú la de los maleantes, y yo, la de volver a enamorarme. 


miércoles, 8 de junio de 2016

Esta noche

Quiero llevarte esta noche a dormir, envolverte entre mi brazos y mecer tu cuerpo hasta que caiga rendido  en el letargo. Ser el guardián de tu descanso y el centinela de tus sueños. Hoy quiero mantenerme en vela, observando las sutiles formas que dibujan tu cara, conocer cada surco, cada expresión, cada lunar que pinta tu anatomía. Esta noche quiero acariciarte hasta que se haga de día. Cambiar el sonido de los búhos por los ruiseñores. Esta noche la quiero pasar a tu lado.
Quiero conducirte hasta la cama, conocer tu sitio, tu postura, la respiración profunda del sueño más lejano, los dulces movimientos de tus piernas entre las sábanas. Quiero ver tus ojos dormidos, tu pelo revuelto, la piel sensible al despertar. Escuchar tu voz profunda recién despierta,  quiero amarte, de principio a fin, de arriba abajo, desde fuera hasta el último recoveco de tu inmensa alma. Quiero llegar hasta el fin, tumbados sobre tu cama, contemplándote sin descanso. Quiero que seas mía esta noche, y todas las que vengan.
Quiero saber si duermes con pijama en verano, si quieres mantas en invierno. Si te gusta madrugar o tendré que hacerlo yo cada mañana, con un beso, con una sonrisa, o el desayuno en la cama. Quiero mirarte dormida a escondidas, robar tu cara de ángel para guardarla en mi memoria para siempre. Quiero hablar contigo cada noche, que sea mi voz la que te lleve a dormir. Quiero abrazarte ocho horas seguidas para que entres en calor.
Quiero ser el primero que te vea cada día y el último cada noche. Quiero hacerte cosquillas en los pies hasta que llores de alegría. Quiero secarte aquellas lágrimas que sean más amargas. Darte abrazos que digan más de lo que las palabras puedan. Quiero mirarte y decirte tantas cosas. Quiero que tú las entiendas. Quiero que seamos dos, y uno al mismo tiempo. Quiero que algún día seamos más. Pero dentro de un tiempo, primero, quiero disfrutar de ti. Cada noche. Cada día. Cada instante de esta vida a la que le has puesto sentido, luz, alegría y hasta melodía.
Quiero que seas mi princesa, y mi reina, mi amiga, mi amante y mi confesora. Quiero que lo seas todo. Quiero ser capaz de sorprenderte dentro de veinte años, quiero cuidarte cuando estés enferma, alegrarte si estás triste. Darte la mano para no caer, ser tu trampolín hacia lo más alto, y quien te espera por las noches para susurrarte que eres quien le pone sentido a todo esto. Quiero enamorarte cada día. Quiero que nunca sepas qué es el aburrimiento o el dolor amargo de un corazón roto. Quiero ser tu bastón cuando seamos viejos. Quiero ver mi rostro reflejado en tus ojos historiados.
Te quiero. A ti, así, tal cual. Con tus locuras, tus lunares, tus arrugas y todas tus imperfecciones que para mí solo te hacen más perfecta. Te quiero con tu sonrisa infinita y tus ojos tristes. Con tu mirada cambiante, tu risa a gritos y tus estornudos agudos. Te quiero así. Morena en verano y pálida en invierno. Dulce, y tímida a la vez. Valiente. Luchadora. Soñadora. Te quiero con tu estrés y tu inseguridad. Te quiero como eres, porque para mí, eres única. Tú eres la única.

Quiero estar esta noche y todas  a tu lado.

Quiero ser el guardián eterno de tu descanso. 


miércoles, 1 de junio de 2016

a primera vista

Una mirada es la conversación más clara, sencilla y larga sin apenas decir nada. En una mirada te puedo hacer entender todo mi dolor. Con tan solo una mirada me han dicho adiós mil veces. Incluso a veces, parece ser todo un arte para quienes ven en el intercambio de miradas todo un juego de seducción.
Y tal vez mis ojos no embauquen a nadie jamás, pequeños, marrones y sencillos. Nada extraño, nada especial. Pero mi mirada también habla, como tantas otras. Y tal vez no diga cosas sugerentes, pero si tienes paciencia y sabes entender, te puede llegar a confesar cosas que jamás me oirás decir. Porque para las personas que, como yo, hablar es casi un imposible, tenemos un millón de formas diferentes para emitir lo que queremos decir. No poder hablar, no significa no querer decir.
Cuentan algunos que una verdadera geisha podía enamorar a un hombre con una sola y única mirada. Existe el amor a primera vista. Lectura de un solo vistazo. Incluso hay personas que te comen con la mirada. Los ojos enamoran, la belleza, el conocimiento e incluso el sabor puede llegar a comenzar por ellos. Por supuesto, el amor también.
Y él tenía todas las papeletas para ser eso que llaman primer amor. Fue, sin duda, amor a primera vista. Porque ya desde el primer instante su anatomía me había llamado la atención. Destacaba entre todos por su altura, por sus facciones dulces sus ojos claros, a medio camino entre el azul del mar, y el verde de las montañas. Su cabello era del color de los campos de trigo. Pero ¿quién se podría fijar en alguien cualquiera como yo? Pequeña, poco esbelta, rata de biblioteca, demasiado neurótica para la vida adolescente. Y nerviosa. Porque uno de sus muchas virtudes era la capacidad para ponerme nerviosa, para parecer estúpida, para hacerme vulnerable a su lado. Paradójicamente nunca fui capaz de adaptarme a él. Cuanto más tiempo coincidíamos, más absurdas eran mis acciones, más vergüenza sentía y más abajo se clavaban mis ojos, que pese a que querían mirarlo a cada instante, tenían miedo de revelar algo que no debieran.
Yo escuchaba cómo él empezaba a salir con las chicas más populares, las más guapas. Las más diferentes a mí. Y aunque yo seguía escribiendo su nombre en mi libreta junto a miles de corazones entre los dos, más segura estaba de que eso que sentía, debía desaparecer pronto. Cada día me dolía darme cuenta que solo lo podía mirar a escondidas. Con miradas cada vez más furtivas. Como si robara su imagen para quedármela el resto del día. Me dolía entender que todos aquellos sueños e imágenes que había creado entre los dos, se quedarían en el tintero de mi vida. Yo no existía para él de esa forma que él sí existía para mí.
Meses después, cuando por fin empezaba a volver todo a la normalidad. Un día, volviendo a casa en autobús, por azares del destino acabamos los dos sentados en el mismo asiento. Recuerdo que el sol nos daba de cara, sus ojos se hacían más verdes, más claros a cada instante, y sin querer lo miré como me había jurado que no debía mirarlo nunca. Y en sus ojos vi una chispa, un segundo en el que ambos ojos brillaron, como si ambas miradas hubiesen lanzado un mensaje que a nuestro entendimiento se le escapaba pero que nuestros corazones ya habían comprendido. Él me dijo que hacía tiempo buscaba verme así, cercana, cara a cara, a través de mis ojos. Yo le confesé que me daba miedo, que a su lado me sentía débil e insegura. Él me dijo que me quería y yo, que de sentimientos nunca supe hablar, tan solo lo miré. Y en esa mirada le dije más de lo que con la boca podría hablar.
Él se acercó, y me sonrió y en aquel autobús, volviendo a casa en un día de junio hace muchos muchos años, comprendí que a veces, no dice más quien más habla, sino quien más transmite, sea en el lenguaje que sea.

Una mirada puede ser el mensaje más directo al corazón.






miércoles, 25 de mayo de 2016

Desencadenada

Tal vez si tú quisieras volver a mí, ya no sabrías dónde encontrarme pues tantas noches y días nos separan que aunque mi cuerpo siga aquí mi alma ha viajado cientos de kilómetros. Tiempo y experiencias nos mudan a todos a lo largo del tiempo. Cambiando los planes, desarmando escudos, creando nuevos muros, alcanzando otras metas. Y quizá no lleguemos a ser jamás quienes estábamos destinados a ser años atrás, pero llegaremos a ser lo que en realidad somos, lo que siempre hemos sido, lo que seguiremos siendo más allá del tiempo, el espacio y la vida.
Si hoy tú quisieras llegar a mí, tal vez me verías igual que siempre. Con esa sonrisa puesta, la ilusión jovial de quien espera lo mejor en cada momento, pero no podrías llegar más allá. Porque en los últimos años te has perdido un millón de pequeñas cosas que me han hecho como quiero ser en este momento y no como quería ser entonces. ¡Pero qué más!
Si no has llegado hasta mí a estas alturas, después de tanto tiempo, dudo mucho que lo hagas ya. He dejado de creer en el destino, prefiero ser yo quien mueve mis fichas. Que la suerte me acompañe siempre, pero que yo la tiente a cada instante. Quiero tirar la piedra sin esconder la mano. Saltar al vacío. Vivir intensamente. Disfrutar de cada instante. No necesito que tú estés a mi lado para ello. Pues aunque yo te eché de mi vida, no ha parecido importarte demasiado. Y ahora que vuelves de nuevo, no encuentro sitio para ti. Este tren ya está lleno y es la última ruta del día. Prueba mejor en otra línea.
No quiero perder el tiempo, no quiero tomarte el pelo. Si es sí, y no es no. Un silencio solo prueba lo poco que tenemos que decirnos el uno al otro. ¿Ves la puerta por la que te marchaste hace ya tanto tiempo? No entiendo por qué la has cruzado de nuevo. Pero vuelve por donde has venido porque aquí no queda ya más nada para los dos. Somos la prueba de todo aquello que pudo haber sido y no llegó jamás. Que ser joven a veces pesa, cuesta y duele. Pero no me arrepiento de haberme extraviado. De haber sufrido. De haber amado. Es solo que no quiero repetir los mismos errores una y otra vez. Hay más peces en el mar y al final, siempre acabando pescando del mismo tipo. Ya no. Esta vez, tiro mi presa de vuelta al mar.

Tal vez si tú quisieras volver a mí hoy, me encontrarías en el lugar de siempre, a la hora de siempre. Pero yo, no seré la misma. Porque el tiempo curte. Y las heridas también. Y yo ya me remendé las mías, aquellas que llevaban tu nombre, también. Y como todo, cuando una herida nos deja cicatriz, nos hace ser más precavidos. Yo tengo las tuyas, que a veces todavía duelen. No necesito más remiendos. No entiendo a qué has venido, pero aquí estoy. Y aunque no lo creas, hoy por fin mi corazón no lleva tu nombre.

Me soltado de tus cadenas y soy libre de tu recuerdo, ajena a tu dolor.





miércoles, 18 de mayo de 2016

Anoche soñé contigo, otra vez

Soñé que tú volvías, que a tientas nos encontrábamos y el amor surgía de nuevo. Soñé que mis noches volvían a tener tu nombre y tu amor se quedó grabado aterido a mi cuerpo. Soñé que venías, y que esta vez, éramos sinceros.
Pero tan solo fue un sueño, porque al despertar esta mañana, tú seguías en esa distancia enorme, y yo en esta cama que todavía huele a ti. Sé que ya ha pasado un tiempo, que debería rehacerme de nuevo, pero sigo creyendo que quizás, algún día, cuando menos me lo espero, volverás a entrar por esa puerta a la que todavía miro durante horas. Duermo con tu ropa cada noche para sentir el calor de tu cuerpo que ya no tengo, y bebo de tu taza para tener que limpiarla luego como siempre hacía, porque tú odiabas fregar y yo detestaba cocinar. Incluso hay tardes en las que te echo tanto de menos que pongo alguno de tus discos, esos que tanto odio, pero así puedo imaginar que todavía estás aquí.
Y si me escucharas decir todo esto pensarías que soy una idiota, que siempre me decías que lo era, aunque en broma. Pero resulta que sí lo soy, porque después de tanto tiempo, todavía te echo de menos. Y quizás lo mejor sería marcharme de esta casa que está llena de recuerdos, pero no puedo. Mi vida gira entorno a estas cuatro paredes que todavía me sostienen. La soledad me da miedo, la oscuridad me aterra, y tu presencia era lo único que me calmaba. Ahora lo hace tu recuerdo. Porque no he conseguido aún quitarme el olor a ti, tu colonia sigue en el mismo lugar donde la dejaste. De hecho, todo está igual para que el día que decidas volver, no encuentres nada extraño. Aunque ese día no ocurra nunca, sabes que mi vida gira en torno a todos esos por si acasos, a fin de cuentas, en uno de ellos nos conocimos.
Porque por si acaso no podía festejar mi cumpleaños, salí una semana antes y allí te conocí. Con ese pelo peinado con gomina y tus ojos verdes. Con esos dientes moldeados por corrector y la sonrisa puesta todo el rato. Cómo no iba a enamorarme de ti meses después. Cómo no iba a querer compartir mi vida a tu lado. Cómo puedo olvidarte incluso ahora que has dado media vuelta y me has dejado…  el amor que nació de una casualidad se quedó guardado bajo llave en este corazón incorregible. Y mi mente olvidadiza no sabe dónde puso aquella llave porque pensó que jamás la necesitaría.

Anoche soñé contigo otra vez, y ya van varias estas semanas. Esta vez eras tú quien venías y no yo quien te buscaba. Quizá el sueño me dice que vendrás. Quizá el sueño me dice que poco a poco yo te olvidaré. Quizá el sueño me dice, que algún día tú te arrepentirás. 
Porque en el sueño
  cuando tu llegabas de nuevo a esta casa, yo al fin, ya no estaba. 






miércoles, 11 de mayo de 2016

Dos estrellas en la misma estela

Esta noche quiero contarte un cuento, una historia que no es real, que jamás ha sido contada. Ven, y acuéstate a mi lado, esta noche dormiremos juntos mirando las estrellas.
¿Ves allí a lo lejos ésa que brilla tanto? Mírala ahora, porque dentro de muy poco tiempo ya no la podrás ver, en el crepúsculo es cuando más intensamente brilla como para avisarnos de que la noche está a punto de llegar. Pero esa no es la estrella que quiero que mires, ésa simplemente me recuerda a alguien especial de hace muchos muchos años, cuando yo apenas tenía unos pocos años más que tú.
Ahora mira un poco más lejos, ¿ves aquellas dos estrellas que parecen tocarse? Esas son mis dos estrellas favoritas de todo el firmamento. Siempre las había visto allí, eternas e impasibles a la vida, pero no fue hasta después de conocer Venus  cuando se convirtieron en mis favoritas. Creé una historia alrededor de ellas y es precisamente esa historia la que me lleva a mirarlas una y otra vez en noches estrelladas como la de hoy.
Hace mucho, mucho tiempo, hubo dos jóvenes un poco mayores que tú que empezaban a conocer la vida con esa visión al mismo tiempo de confianza, temor y ansia que confiere la juventud. Habían crecido juntos, y no recordaban un solo hecho de su vida en el que uno no estuviese uno al lado del otro. De las peleas a los cinco años a los juegos antes de los ocho, de las bromas pesadas a las 12 a los primeros amoríos de los 14. Toda una vida juntos, él y ella. Y sin embargo, el tiempo nunca había sido suficiente para los dos, las horas se convertían en minutos, los días apenas eran un suspiro cuando estaban juntos. Jamás faltaba la conversación entre ambos y si acaso llegaba un silencio, apenas lo notaban tal era su confianza y comodidad en la compañía del otro.
Pero un día, él se la encontró a ella llorando regresando a su casa. Instintivamente supo lo que le había ocurrido. Sabía que había empezado a sentir algo por un chico, ella se lo había contado meses atrás. Y también sabía que aunque ella tenía una piel dura, el corazón que escondía en su interior, era frágil y sensible; eso no se lo había contado ella, pero lo había averiguado por sí mismo. Tan bien la conocía que supo ese llanto suyo no lo había oído nunca. Sus padres le habían dicho al cumplir los 16 que cuando el corazón llora de amor, su llanto suena diferente, desgarrador para los que están cerca. Y él oía aquel desgarro en cada gemido de su amiga. Sin dudarlo, la cogió entre sus brazos y la abrazó. Secó las lágrimas con sus manos y le prometió que jamás estaría sola. Que él sería su roca, su bastón y sus ojos incluso cuando no pudiese ver.
Ella cesando su tristeza lo miró con ojos tiernos, llenos de candor y afecto, incluso podría decirse que de amor, pero de ese amor casi fraternal que se profesan dos mejores amigos que nada podrá separar. Y entonces al mirarse mutuamente ambos comprendieron lo que sus corazones ya habían hecho años atrás, comprendieron que nada ni nadie los separaría jamás. Que estaban destinados a vivir eternamente unidos, uno al lado del otro, apoyándose, guiándose, animándose en cada paso de la vida. Ellos eran almas gemelas que brillaban en la misma estela.
Y así fue como cuando años después, los dos amigos subieron al cielo para convertirse en esas dos estrellas que ves ahí, destinadas a estar eternamente juntas, a brillar con luz propia pero bajo la misma estela. Y no importa cuánto tiempo pase, ellos permanecen siempre juntos.
Conserva bien a tus amigos, porque ellos serán quienes te guíen, ellos serán tu bastón en momentos de debilidad y tu luz en días de oscuridad. Aunque ahora tus amigos no se puedan contar con los dedos de ambas manos y ambos pies, va a llegar un día en el que te sobren dedos de manos y pies. Y quien sabe si algún día, tú también brillarás ahí arriba con esa persona que está destinad a ser tu alma gemela, tu amigo inquebrantable, tu otra mitad.

Un amigo es aquel que con su propia luz, te permite brillar más